Hoy ha sido distinto. Un par de recados que hacer y he dirigido mis pasos hacia la ciudad. El camino es el mismo pero en el horizonte se divisa la urbe, con su gorrito oscuro de humo y su rumor vago y rabioso.

Como siempre el teléfono no lo capta, pero al fondo está la ciudad expectante.

Así camino en ángulos rectos, respeto pasos y paradas y me cruzo con incontables ojos anónimos y cautos que me miran y evaden detrás de multicolores mascarillas. No me gusta. Creo que es el primer paseo que hago por las calles desde que empezó la pandemia y el sabor de la ciudad a cambiado un poco a peor. Colas en las puertas de los comercios, rodeos de todos con los que te cruzas en la acera. Miedo.

Al regreso, un anciano bien vestido, educado y con un perrito bien cuidado, me para —solidarizado con mi barba blanca, supongo— e intenta darme conversación a toda costa. Me cuenta no sé qué anodina anécdota que le acaba de ocurrir en la tienda de dulces y puedo sentir una desesperada soledad en su tono de voz y en sus ojos azules. Le sigo la conversación lo indispensable para cumplir con la diosa educación y continúo mi camino masticando un poquito de tristeza.

Al llegar a casa, aunque aquí no llevo mascarilla, me pregunto si mis ojos no tendrán mientras escribo ese mismo brillo de desesperada soledad por resonar en la mente y levantar las simpatías del primero que pase por aquí.