Desparpajo. Es la palabra que define la trilogía de La Primera Ley de Joe Abercrombie. Puro Desparpajo. Con mayúscula. En un género, la fantasía, donde la consigna desde mediados de los años noventa entre los escritores es “¡Mirad, yo no intento emular a Tolkien!”. Este individuo se atreve a hacer una trilogía -su primera novela, para más inri- donde podéis encontrar un grupo de héroes que buscan un objeto en un mundo crepuscular para ganar la batalla contra el mal ¿Os suena?.

Pero no se queda ahí: ¿queréis un bárbaro del norte grande y musculoso con una espada recta e indestructible? Aquí hay uno. ¿Queréis un brujo que tejemanejea a todo el mundo? Lo tenemos -y calvo para que nadie lo confunda con Gandalf, claro-. ¿Un aprendiz de brujo torpe? Ahí está. ¿Un Merlín? ¿Un Rey Arturo? ¿Un héroe maltrecho y deforme al más puro estilo Miles Vorkósigan o Tyrion Lannister? aquí aparece destacado. ¿Una guerra en el norte contra los bárbaros y otra en el sur contra los de piel oscura? Grandes y sangrientas las veréis ¿Una princesa rubia y delicada? Tenemos una.

No falta ninguno de los tópicos del género mil veces repetidos. El problema es que es absolutamente original. El señor Abercrombie se ríe del género, lo retuerce, lo lleva a su límite, lo ama, lo engrandece y nos hace revivir esa pasión que en su momento despertaron las primeras historias leídas “sin dibujos” allá por el fin de nuestra infancia. Como valores añadidos tenéis que de todos esos clichés que arriba menciono descubres que ninguno es lo que parece. Todos los personajes tienen una doblez, una profundidad y una humanidad sorprendente.

Toda la acción es un cliché descabalgado de su puesto de cliché. Las heroicas batallas no lo son tanto. Los héroes tampoco, los malos se difuminan y los buenos empiezan a escasear… Según avanzas por la trama vas de sorpresa en sorpresa respecto a los personajes y su evolución.

El ritmo es trepidante, intenso, digno de una serie de acción, escenas cortas y rápidas que saltan del punto de vista de un personaje a otro, de subtrama en subtrama, casi sin dejarte respirar. Su prosa, engañosamente simple es capaz de imbuir tensión al lector en toda clase de situaciones, desde el sangriento, casi gore, campo de batalla a la cargada atmósfera de un cuarto de interrogatorios de la inquisición, pasando por salones de palacios o bosques interminables. Los diálogos están poblados de frases reflexivas y de doble sentido sin concesiones al lector perezoso.

Personalmente he sentido que el autor conseguía una complicidad personal conmigo. Igual que un escritor de novelas policiacas lanza un reto al lector “A que no descubres quién ha sido antes de que te lo cuente yo” y ese reto tiñe toda la novela “¿Qué?¿Cómo te has quedao?¿A que creías que era el mayordomo? ¡Pues ahora te lo he matado! chúpate esa…” El señor Abercrombie consigue algo parecido, llevándote de sorpresa en sorpresa, jugando con tus expectativas, sin ser ésta una novela policiaca… ¿o sí? (creo que no estoy muy seguro de eso).

¿Defectos? Sin duda. Todo en este mundo lo tiene. Por señalar alguno puedo anticipar la esperada resolución de algunos de los conflictos secundarios y la excesiva longitud de algunas de las escenas de batallas, pero os aseguro que son defectos muy pequeños al lado de todo lo que los rodea.

Los tres volúmenes de la trilogía : “La voz de las espadas”, “Antes de que los cuelguen” (de una cita que H.Heine “Debemos perdonar a nuestros enemigos, pero nunca antes de que los cuelguen”), y “El último argumento de los Reyes” (Que era la frase que Luis XIV hacía imprimir en sus cañones), tampoco componen una trilogía típica. Quiero decir que lo normal, lo tantas veces repetido, es aquello de: en el primer volumen te planteo la historia y te la complico, en el tercero te soluciono y cierro todo… mientras que el el segundo es un trámite, un lío, un mover personajes arriba y abajo para llegar al tercero. Aquí, el mejor de los tres es, quizá, el segundo -sin desmerecer en absoluto a los otros dos- pero a mí es el que más me ha gustado. No cuento nada, que yo no destripo… etc, etc, pero es lo que os decía al principio: Desparpajo acompañado de un sentido del humor ácido (impagable la escena erótico-amorosa de Logen el Bárbaro con la chica medio demonio), dosis enormes de ironía y todo aderezado de una amarga reflexión sobre el poder, la violencia y hasta la democracia.

Me asombra que un escritor pueda estrenarse en la novela con un libro tan bueno como éste. Buenas óperas primas ha habido y habrá, espero, muchas. En ellas se puede notar por lo general frescura, novedad, riqueza de ideas, ilusión, etc. (Valga como ejemplo El Nombre del Viento de Rothfuss) pero también se ven “pecados de juventud”: Excesiva influencia de tal o cual autor, vacilaciones y altibajos en el ritmo, inconsistencia en los personajes, etc. etc.
Aquí no. El señor Abercrombie escribe como un auténtico profesional a la altura del viejo George R.R. Martin, por mencionar alguno y por encima de muchos ya consagrados, como el insulso Robert Jordan o la reina de los clichés Margaret Weiss.

Inscribo este autor en mi lista de autores favoritos y espero con impaciencia lo que a partir de ahora publique. A mí me da la impresión de que el género de fantasía se le quedará corto enseguida… pero todavía no, por favor, que nos siga deleitando como nos ha deleitado con estos libros durante unos añitos más.