Cuando le digo a la peña eso de que “El E-book me ha cambiado la vida”. Todo el mundo me mira como un poco raro. Seré rarito, no lo discuto, pero es cierto. Me he pasado años seleccionando cuidadosamente lo que leía, perdón, compraba, que 15 ó 20 pavos son 15 ó 20 pavos aquí y en Tumbuctú. Años enteros de dosificar a dos o tres libros al mes más relecturas. Años de no probar autores nuevos, no probar temáticas poco conocidas, etc. etc. que si te equivocas qué palo, qué palo, que decía la canción. Y de repente me encuentro con casi todito a mi alcance gracias al bendito bicho.

Vale. Guay. Lo tengo todo ¿y ahora qué? Pues a leer, claro. A leerlo todo, con alegría y sin miedo. Nada de intentar encontrar el libro que me cambie la vida, nada de intentar forjar mi mente y profundizar mis conocimientos. Nada de filosofía, misticismo, sicología, sociología o cosas de esas, que de todo eso ya he tenido, de momento, bastante. Está claro que entre un, digamos, ensayo de Jose Antonio Marina y una novela de amores petarderos entre una adolescente y un vampiro, siempre compraré el de Marina. Pero también lo está que no sólo de ser serio, medido, comedido y ponderado vive el hombre ni su bicho.

Gracias a esas maravillosas webs que los ofrecen, he ido leyendo de aquí y de allá libros, series y autores/as en los que nunca hubiese osado, Tumbuctú mediante, invertir dinero. Finalmente, revoloteando de un libro a otro, de un autor a otro, desconcertantemente, y con cierta vergüenza, todo hay que decirlo, un día me encuentro leyendo literatura para niñas. Bueno, vale, adolescentes del género femenino, que no es igual, pero que es lo mismo.

Yo, todo un cincuentón resabiado, todo un señor serio con barba canosa, luchador de mil batallas en los foros filosóficos, pass-master Rosacruz y sicólogo aficionado… leyendo literatura para señoritas. Leyendo y disfrutando, de ahí la vergüenza.

Lo llamo el síndrome de Gugle. Toda la vida gimiendo por la falta de acceso a la información y de repente ponen al alcance de todo el mundo todo el conocimiento de la humanidad (bueno, no, pero ya me entendéis). Todo lo que siempre quisiste saber a un click de distancia. Todo. ¿Qué hacemos entonces? Buscar vídeos de gatos y de gente cayéndose de culo. Es lo que la estadística dice que hacemos y lo que yo (¡Ay vulgaridad, qué despiadada eres!) hago más a menudo de lo que debiera.

¿Por qué con la lectura iba ser distinto? Me auto-justifiqué diciéndome que a mis años y a estas alturas ya no tengo nada que demostrar, que la vanidad de ir por ahí fardando de me he leído a don fulano y a don mengano, como que me resbalan, que puestos a ser frikis, seamoslo un poco más, etc. etc. y continué disfrutando con las mentadas autoras (siempre son mujeres) y de sus libros de fantasía adolescente. Sin embargo… un pelín de vergüenza permanecía. No sería honrado negarlo.

Entonces la serendipia vino en mi ayuda. Buscando completar una serie de novelas del género bajé, sin querer, el original del segundo libro en inglés y no la traducción (horrible traducción hecha por un foro de aficionadas mejicanas). Hojeando lo que acababa de caer en mis manos me di cuenta sorprendido de que lo entendía. “¡Ah, claro! Si sé inglés”, me recordé a mí mismo. Continué leyendo aquél original -aprendiendo de paso que el diccionario Inglés-Español que lleva incorporado el bicho es cojonudo y que eso de poner el dedete sobre cualquier palabro que no te suene y tener la traducción al instante es una maravilla- y lo disfruté mogollón. Tanto que me bajé los otros cinco libros de la serie y los disfruté igual.

Una pequeña explicación se impone. Desde que a los nueve años empecé a estudiarlo en el colegio, siempre me ha gustado el inglés. Sacaba sobresaliente siempre (era el único sobresaliente fijo por el que podías apostar en las quinielas de mis notas). Cuando acabé los estudios, continué en contacto con él gracias a la música y unos años más tardes a la informática. Esto último me ha hecho leer cientos de manuales, folletos, foros, webs, etc. etc., durante estos años.

Cuando uno de mis hijos trajo a casa una novieta extranjera, pude comunicarme con ella en inglés y me hice consciente de que se bastante inglés… escrito. Ni tengo el oído entrenado ni mi pronunciación… existe, siquiera. Es decir, reconozco visualmente las palabras, pero no me planteo nunca cómo se pronuncian ¿para qué si no tengo con quien hablar? Sea como fuere, el inglés ha sido para mí desde hace 20 años una parte más de la profesión, una herramienta de trabajo.

Nunca me había planteado siquiera leer una novela en inglés pero, puestos a ello, me encuentro con un renovado y desconcertante placer por la lectura. Desconcertante porque al leer novelas el cerebro, al menos el mío, genera imágenes que se sujetan, se apoyan, en las palabras que las originan. Luego, al recordar lo leído o al soñar con ello (me ocurre muy a menudo) las palabras, las frases, están siempre presentes en el recuerdo. Puedo memorizar sin querer frases enteras. Pero en inglés no soy capaz de recordar tales palabras. Esas imágenes quedan en mi memora totalmente vívidas, como si hubiese visto una película en lugar de un libro. Por la noche si sueño con los personajes y los paisajes leídos, es de una manera puramente visual.

Es una sensación extraña. Desconcertante, por supuesto, parecido a saber algo sin recordar de dónde viene ese conocimiento. Pero que me encanta.

Y una cosa llevó a la otra. Me da menos vergüenza leer en inglés los librejos mentados, que así como que aprendo algo… pero… un momento: ¿y todos esos libros de mis amados autores “de verdad” que nunca han sido traducidos? Libros de Robin Hobb, o de Loise McMaster Bujold, o de Joe Abercrombie, Neil Gainman, Barbara Hamnbly etc. etc. que nunca fueron traducidos o que no lo han sido aún… ¿qué pasa con ellos? ¿Los entenderé también?

Una pequeña excursión por Gugulandia y una pequeña prueba y…¡BINGO! ¡Los entiendo! A tomar por culo la literatura para niñas (con perdón y de momento), que tengo otro inmenso campo que explorar. Bienvenidos viejos amigos, voy a daros un repasico mientras le pongo una vela a Shakespeare.

Y así me tenéis desde hace un tiempo. “No es nada nuevo eso de que tú leas”, me diréis, no sin razón. Pero no es lo mismo, no. Desde que leo en inglés, y como que mi cerebro es totalmente monopuesto y creo que en evolución inversa, es decir, cada día más lento, he empezado un periodo de aislamiento. No puedo leer y oír música. Me molesta. Silencio pues. No puedo leer, como antes, con la tele puesta. A otra habitación, pues. No puedo leer a ratos perdidos, que no llego a concentrarme, recojámonos, pues y leamos a grandes ratos. Eso me quita tiempo para el Facebook… pues vale, que me lo quite. Eso me aparta del mundo y sus noticias… pues mejor que mejor, que -lecturas aparte sean en español o en inglés- estoy desarrollando una fobia a la caja tonta que ni te cuento.

El bicho me ha cambiado la vida, los horarios, lo que leo, los hábitos y si me apuráis, los sueños. Si veis que, como parte de esos cambios, escribo poco por aquí, no os quejéis: Silencio, se lee.