El restaurante chino está decorado en cierto estilo minimalista con toques más japoneses que chinos. Se llama “El Templo de Bambú” y dado lo temprano de la hora está totalmente vacío.
Entro huyendo de la lluviosa noche de Guadalajara, donde me ha sumergido un viaje de trabajo y me acomoda en una coqueta mesita una chinita diminuta que habla un chino con acento gallego o algo así.

“¿Mesa pala uno?¿Sí?”. Sí.”

“Sopa de aleta de tiburón, tallarines con gambas y ternera con cebolla, por favor”- le sonrío mientras le devuelvo la carta.

“¿Selvesa?¿Bebel?”

“Sí, gracias”.

Es sólo después de que se ha marchado a la cocina que me doy cuenta de que junto al cuchillo hay dos palillos de madera en una especie de sobrecito de cartón con instrucciones de uso.
“¡Hombre!”, me digo a mí mismo. “Esta va a ser la noche”

Últimamente los de los palillos chinos se ha convertido en una especie de asignatura pendiente entre yo y la vida. Mis hijos, sin que aparentemente nadie les haya enseñado, comen con ellos como si fuesen cantoneses o shangaienos.

“Se nota que naciste antes de los 70 si prefieres hablar a la cara en lugar de al Messenger y el tenedor a los palillos”, sentencia un powerpoint de esos que circulan por correo, pero mi hermano el de Alicante, sólo cinco años menor que yo, come con los palillos como si no hubiese ningún peligro de sacarse un ojo con ellos.

He hecho algún intento cómico en casa con mis hijos y he descubierto que los orientales tienen los ojos entrecerrados por generaciones de comer con el peligro de sacarse un ojo en un golpe de tos o algo. No es lo mío, pero… ¿viejo yo?

“Esta noche va a ser”. Miro fíjamente los palillos de marras mientras doy cuenta de la sopa de aleta con esas ridículas cucharas de cerámica que te ponen. ¿Viejo yo?, ¡Vamos, hombre!

Los tallarines, vamos con ellos.

Son redondos, más espaguettis que tallarines y bastante secos, lo cual, opino, es un punto a mi favor. A menos resbaladizos, más fricción y posibilidades de éxito, presumo.

A ver… primer palillo encajado entre la base del pulgar y la yema del anular. Segundo palillo sujeto con la yema del pulgar y la base de la uña del dedo corazón. El índice artísticamente colocado detrás del corazón, con la gracia de un maestro violinista que sabe lo que hace.
Hundo los dos extremos en la masa de tallarines e intento unir las puntas redondeadas una con otra.

No se puede, la masa es demasiado espesa. Mejor. Estiro hacia arriba como con un tenedor de dos puntas y miro cómo un cuarto de kilo de pasta se yergue y levita entre el plato y los palillos. Una cobra llena de salsa que se alza un tanto agresiva hacia mi cara.

Abro la boca dispuesto a descabezar a la serpiente de un artístico bocado y caigo en la cuenta de que he enredado la madeja de pasta hasta más de la mitad de los palillos. ¿Toca garganta profunda?¿He de empujar semejante masa por mi gaznate como una oca autocebada?. Poco a poco los palillos se pierden bajo mis asombrados ojos bizcos mientras noto la pasta entrar por mi boca.

Cuando estoy a punto de pincharme la campanilla cierro los dientes y saco los palillos…
Y de pronto estoy en problemas: Los palillos se me han descolocado de su inteligente posición en la maniobra y, no sé cómo, los sostengo como una batuta doble mientras de mi boca cuelga una cinta de espaguettis balanceantes que amenazan con aplastarse contra mi pecho y que…¡queman!¡Abrasan!

La puta serpiente metafórica me está picando con toda su mala leche en toda la lengua. ¿Qué hacer?
Opto por descabezar al jodido monstruo cerrando los dientes mientras lagrimeo de dolor. Trago la hirviente masa que me abrasa la garganta en su camino mientras resoplo por la nariz.

Lagrimeo y siento cómo me arde la cara y las orejas por el esfuerzo. Sigo sosteniendo los palillos del demonio en mi puño cerrado apuntando al cielo por encima de mi cabeza cuando me doy cuenta de que la chinita me está mirando con los ojos más redondos que Luis Amstrong el día que se sentó por error sobre su trompeta.

Sorbo por la nariz, recoloco los palillos entre mis dedos, un tanto agarrotados, la miro y le sonrío. Da un respingo y se pierde por la esquina de la cocina. Sigo estando sólo en el comedor, pero ahora se oyen voces excitadas en la cocina.

Desde ese momento en adelante, no seré más específico, toda la familia china y algún que otro vecino, sospecho, fueron asomando como quien no quiere la cosa, sus anchas y planas caras por la esquina del pasillo que llevaba a la cocina en un intento, supongo, de catalogar al monstruo devorador de palillos…

Yo a lo mío. Enfrento lo que queda de la masa retorcida de pasta en el plato y observo que hay gambas peladas y enroscadas entre los espaguetis. Pruebo a coger una con toda delicadeza con la punta de los palillos. Resbala. Intento apretar un poco más y los palillos se cruzan mientras la gamba rueda por el borde del plato, cae al mantel y reposa, muy satisfecha de sí misma, en la base de la copa de “selvesa”. ¿La cojo? Pruebo. Resbala. Cambio los palillos de posición y pruebo otra vez. Resbala.

De la cocina vinen risitas, pero no alzo la cabeza para ver si estoy relacionado con ellas (Después de todo los chinos también tienen derecho a ser felices y a reír por motivos puramente chinos, supongo). Finalmente consigo unir las puntas de los palillos sin que se crucen. El problema es que la puta gamba no está entre ellas. Da igual. La pincho con los dos palillos a la vez, como un picador vengador a un toro que se ha escapado del ruedo y me la llevo a la boca con aires de superioridad. Imagino que a la distancia que hay desde mi mesa al pasillo de la cocina puede parecer que llevo a la gamba pinzada y no atravesada…

De repente todo parece cuadrar. Si estiro el dedo índice recto, a modo de antena (palillos inalámbricos, me digo) y sujeto fuerte los dos palillos con sólo tres dedos, no se cruzan, no resbalan y dispongo de cierto juego de movimiento como pinza. Pillo unos pocos tallarines y me los llevo a la boca. Conejudo. Pinzo una gamba, ahora sí, y me la como. Más espaguetis. Guay.
Mientras mastico, observo mi alrededor con cara de hombre de mundo -de hombre joven de mundo, para ser más preciso-. Más espaguetis, más gambas. Esto empieza a ser rutinario. Si tan sólo no me doliese tanto la mano, hasta sería aburrido.

Con gesto casual estiro los palillos hacia el plato de ternera con cebolla cortada en tiritas que me aguarda al otro lado de la mesa. Las tiritas de ternera son algo rígidas, lo que facilita su pinzamiento sin mayores problemas. Pillo una tira de ternera que lleva en su extremo colgando un arito de cebolla. El conjunto palillos, ternera, cebolla y mano inicia su periplo destino mi boca. Todo va bien, pero al estirar la mano algo cambia en la rígida posición de mis dedos y los palillos de pronto se vuelven a cruzar. La tirita de ternera no cae, tan sólo, impulsada por los palillos efectúa un gracioso giro de 270 grados en sentido anti-horario volviendo a quedar atrapada en el punto en que los palillos se cruzan.

La cebolla no es tan afortunada, impulsada por el giro de la ternera a modo de catapulta, efectúa un gracioso vuelo parabólico y cae sin hacer mucho ruido en el centro de mi copa de selvesa china. Plop. Se hunde graciosamente mientras las burbujas se amontonan a su alrededor.
Yo miro a mi alrededor. Nadie. No risitas. No ojos rasgados tras la esquina. Apuro lo que queda de vaso de cerveza y con uno de los palillos, previamente chupado para no dejar restos en el vaso, repesco el gracioso arito y me lo como. Que se joda, me había costado trabajo y no lo iba a desperdiciar.

En fin, valga como muestra un botón. Tan sólo os contaré que al final me comí todos los tallarines-espaguettis y toda la ternera con cebolla con los malditos palillos y que me sentí muy orgulloso de ello a pesar del pequeño cardenal en la base del dedo anular, las manchas en la camiseta y las gotas de salsa por el mantel. Demostré al mundo que soy cosmopolita, multicultural, abierto a las nuevas tecnologías y joven, sobre todo muy joven.

La próxima vez lo haré en un restaurante donde haya gente, que el mundo tiene derecho a disfrutar de mi destreza, faltaría más.