Que me hace daño. Que me vuelven a traer momentos perdidos en el tiempo, devorados por la vida, olvidados.

Los recuerdos te acompañan. Crecen y cambian contigo. Se adaptan a lo que eres en cada instante. Reescribimos nuestra historia según la conveniencia del momento, filtramos, adaptamos, interpretamos.

La memoria está continuamente en obras, en creación de sí misma. No es que sumemos datos a una base de datos, es que cada cosa que vivo hoy cambia lo que viví ayer de la misma modo que lo que viví ayer me cambia, me hace lo que soy ahora.

Pero las viejas fotos son implacables. Te traen esos momentos de felicidad que generó una vida que ya no existe. Te muestra a personas que fueron y ya no son, aunque sigan vivas. Dejan a tu memoria con el culo al aire frente a un espejo despiadado.

Las viejas fotografías me muestran un montón de maneras de ser feliz que ya no están a mi alcance. Ya no cuidaré a mis hijos pequeños. Ya no impartiré cariño, justicia y gritos por partes iguales. Ya no habrá más peleas en la cama, más abrazos en el sofá, más cuerpos diminutos dormidos encima de mí.

Mi memoria se adapta a eso, suaviza lo que duele, diluye lo que no sirve, destaca lo que sirve para acomodarlo ahora en la realidad que soy… hasta que la fotografía grita con su pureza de cosa intacta y desbarata todo ese tranquilizador maquillaje que le ponemos a lo que ya no será, a la vida quemada.

Cuando la vieja moribunda le decía a la muerte enamorada -cito de memoria- “Estas equivocado. Por aquí también estamos bastante solos. Tan sólo se nos permite llevarnos un puñado de bellos retratos que coleccionamos a lo largo de nuestra vida. Yo tengo bellos retratos ¿y tú?¿Tienes bellos retratos?”, en la película “¿Conoces a Joe Black?”, no se refería a viejas fotografías. Se refería a memorias, a la conciencia de haber vivido, de haber sido felices.

Esa conciencia es mía, íntimamente mía, es lo único que me justifica el aquí y el ahora, no quiero que nadie me la actualize, me la repinte, me la cambie de modo distinto a como mi vida me la ha cambiado.

Nunca miro viejas fotografías. Me hacen daño, oiga, y además no tengo tiempo para ello. Tengo que acumular nuevos retratos. Cuando voy de viaje no hago fotos, abro los ojos. No puedo pararme a recapitular lo que fuí, lo que no es. Hay tanto por hacer, tanto por vivir, que a veces me agobio por falta de tiempo.

Quiero viajar, quiero amar a los que me rodean, amarlos más aún, sacar eso que aún no he podido transmitir a nadie. Quiero pulir mi vulgaridad. Quiero hacer las paces con mi momento, con mi cultura… y quiero hacer todo eso tranquilamente, sin prisas, dándome tiempo a pensar, a reposar, a generar bellos retratos.