Pues siendo uno de los libros de moda hoy día, creo que me arriesgo a que mi opinión contraste con la de alguien pero de antemano vaya el que el libro no me ha gustado.
La primera parte, “El nombre del viento”, opera prima del señor Rothfuss tenía de guay eso, que era una ópera prima. A un escritor novel se le perdonan muchos pecados de juventud y se suele mirar con benevolencia sus virtudes y cualidades. El nombre del viento apuntaba, como principales ingredientes positivos, una prosa ágil y de ritmo impecable, que te enganchaba desde el principio; una cierta cualidad poética y conmovedora en los momentos justos y en la cantidad idónea para dar al libro un cierto halo distintivo dentro del género y una curiosa mezcolanza de historias distintas haciendo flash-backs encadenados que le aportaba la sensación de ser una amalgama de historias coleccionadas por el autor a lo largo del tiempo y arregladas y recopiladas en forma de novela.

Lo último mentado no es una cualidad precisamente pero, por aquello de la ópera prima, contribuía a dar cierta gracia al libro. Eran palpables las influencias de varios autores de fantasía de los últimos años. En concreto lo de la lírica y la emotividad son herederas directísimas de los libros del señor Orson Scott Card, especialista en pillar un héroe y acompañarlo a través de infancias difíciles haciéndonos vivir y sufrir con él. Repasad “El juego de Ender”, “Maestro Cantor” o la mejor de todas “Esperanza del Venado” y entenderéis lo que quiero decir.

El Nombre del viento fué el mejor libro de fantasía que leí aquél año (2009, creo) y su publicidad boca a oreja, que es la publicidad buena de verdad, hizo que se reeditara tropecientas veces, creando una enorme expectativa sobre su continuación. Ésta ha llegado a finales de 2011 con el título “El Temor de un Hombre Sabio” y, para mí, ha sido una profunda decepción.

El Señor Rothfuss, no sé si presionado por sus editores (el se autodefine como un escritor lento y perfeccionista), llevado de su triunfo o quién sabe por qué, nos presenta más de mil páginas de un sinsentido absoluto. El personaje de Kvothe, en la primera parte misterioso y sugerente, débil y potente a la vez, es transmutado en personaje incoherente y marioneta de otra serie de relatos heterogéneos unidos con papel celo y grapas.
De pronto lo encontramos hecho un pardillo total con las mujeres y un ingenuo con los hombres… y cien páginas después es un conquistador de corazones a sueldo, casamenteando a poderosos cuarentones con recalcitrantes vírgenes. Lo vemos como jefe de una banda de aguerridos y experimentados mercenarios con un profundo y agudo manejo del poder y la dinámica de grupos… cuando cien páginas después vuelve a ser un pobre estudiante que no puede pagar su matrícula y viceversa. Aquí es formado como el mejor amante del mundo por parte de una de las diosas del amor y del sexo de no sé qué Olimpo paralelo… y cincuenta páginas después tartamudea al rozar la mano de una chica junto a un estanque.

Aventura tras aventura inconexas sumergidas -¡Horror de horrores!- en un caldo universitario, mitad mala copia del Hogwarts de Harry Potter, mitad Instituto Tecnológico de Massachusetts.
Lo peor es la sensación, cuando finalizas el ladrillo, de que no se ha avanzado nada de nada en la trama principal de la historia. Al finalizar el primer tomo dejamos a nuestro héroe en la universidad enamorado de la heroína y buscando pistas y al finalizar el segundo tomo sigue en el mismo sitio un par de cursos después… más o menos. Yo, que soy amante del concepto aquél que acuñó no sé quién de la “Fantasía Real”, sólo puedo resumiros estas más de 1.000 páginas en tres palabras: Caos sin sentido.

La prosa sigue siendo ágil, eso sí. La lírica aparece en dosis mucho menores, casi inexistentes. La identificación con el héroe y sus padeceres se quedó en el primer libro y no ha vuelto a aparecer. Lo he leído hasta el final. Es lo mejor que puedo decir de él.

Si, como a mí, os gustó el primer tomo sólo puedo deciros… allá vosotros.