Suponed que las brujas existen. No las de escoba, gato, aquelarre y demonio y que bailan desnudas por los bosques (lo siento chicos), sino las de hierbas, raíces y calderos. Las comadronas “naturales” y predicción del tiempo, las de ayudar a los vecinos con sabiduría ancestral.
Suponed que los tiempos cambian y tales brujas empiezan a no tener cabida en él… éste es el marco que nos propone Graham Joyce en su novela “El fin de mi vida”. Jugando con el doble sentido de la palabra fin. Vuelve el señor Joyce a la Inglaterra rural de la segunda mitad del siglo XX a desarrollar un personaje secundario que ya apareció en su galardonada novela “Los hechos de la vida”.

El fin de mi vida
El fin de mi vida

Personalmente me gustó más la que aquí os presento que la primera. Es una novela amable, de una sensibilidad inesperada, más bien propia de una autora que un autor, pero que se nos presenta en dosis justas. Es una novela dura, también, pero con esa dureza tranquila e implacable de la vida rural y la pobreza. Ya sabéis a qué me refiero: esa cerrazón, esa ingratitud que siempre conlleva la ignorancia y la superstición. No esperéis villanos ni héroes brillantes. No busquéis acción trepidante ni violencia gratuita. Sólo heroínas cotidianas, mujeres frente al mundo, al cambio de los tiempos. Mujeres que intentan realizar el fin de sus vidas cuando se acerca el fin de su mundo.
Los editores la catalogaron como de “Fantasía”, y cierto es que tiene su puntito de magia -cotidiana, paleta, natural… pero magia al fin y al cabo- que puede justificar esa clasificación, sin embargo tal como la recuerdo es sobre todo una novela sobre mujeres, sobre finales y principios.
Me gustó. La disfruté y en mi lista de re-lecturas está. Leedla. Os gustará.