… y para que veáis que no es mentira eso de que mi niño tiene alma de poeta, me tomo la libertad de copiar y pegar aquí la “Crónica Suiza número 16” que nos ha enviado por correo a modo de despedida:

A medida que estos últimos días han ido acelerándose, tachando el calendario, esta historia que os cuento ha ido recuperando el tintes de aventura. Acercándose el final, cada “Hola” ha sido más alegre y cada “Adiós” más dramático.

Puedo escribirle a Suiza los versos más tristes esta noche. Bebo las últimas gotas de vino mientras contemplo como se apagan los sonidos casi imperceptibles de la noche en Entlebuch.

Esta mañana la nieve azucaró el valle simplemente verde. También recuerdo que salí del trabajo con una sonrisa fresca, pero que se extinguió contemplando la ciudad antigua. Yo no la quise, pero tal vez la quise.

Entre ayer y hoy me he sorprendido más de tres pares de veces entre la risa y el llanto. También me ha sorprendido ella llorando como un niño.

Vine aquí para dejarme más de un año de piel, y ahora me voy… y se quedan algunas heridas sangrando. Sin embargo el corazón me relate cada vez que alzo la vista. España me espera, y se me antoja ahora pensarla como a una desconocida, como a una extranjera. Me estoy yendo de nuevo a vivir fuera. Aunque “fuera” fuese “dentro” no hace mucho. No sé qué cara tendrá ahora, ni qué humor me afrontará en su devenir. Pero más que a afrontarla, yo voy a arrostrarla y, si se puede, a sonreírle.

Todo está preparado. Méritos empaquetados, concedidas las gracias. Resta esperar la claridad del día. Porque en noches como estas me tuvo entre sus brazos, ¿se contentará mi corazón con perderla?

Aunque este sea el último dolor que ella me causa, y esta sea la última crónica que yo le escribo.

Un abrazo.

Permitidme, y perdonadme, este pequeño orgullo de padre chocho.