Limitao y a pijo sacao.

Como todos sabéis, mi Anita, una Aquila GV 650, tiene que ir limitada los dos años de rigor que marca la Ley. Así se lo indiqué al baranda del concesionario cuando la encargué.
“No hay problema”, me djio, “sólo hay que poner esto en los carburadores”, y me enseño unos tubitos negros más anchos por una parte que por otra. “Pero no se nota nada. Luego vendrás a decirme que se los quite y no vas a notar nada”, insiste.
“Vale, pero tú limítala, que no quiero líos”, le dije.
Mi Anita está terminando de hacer el rodaje (2.600 km) y ya me he permitido darle alguna alegría al acelerador.
Limitada como va, Anita se pone a 130 como un tiro. Cuando voy a adelantar en la autovía le aprieto un poco, unos 3/4 de puño, y se pone a 160 en menos de 5 segundos. El otro día le dí un acelerón de todo el puño y me acojoné a eso de los 180, coño, que se me volaba el casco con cabeza incluída… por lo que no sé cuánto llega a pillar.
¿Y si va a resultar que no va limitada después de todo?
Se lo comenté al meca “la moto tira mucho”.
“Sí”, me contestó con una sonrisa
“Pero mucho mucho”, insistí.
“Sí, hasta 200”, me contesta.
“Pero eso sin limitar, y esta está limitada…”, le digo dejando la frase en el aire y mirándolo, dándole pie a decir algo.
“Sí, pero a esta moto no se le nota mucho la limitación”, me contesta con absoluta seguridad.
Lo que me jode es que es el único meca de Hyosung en la provincia. No puedo recurrir a nadie para que me la revise y no quiero enfrentarme a él y dejarlo por mentiroso.
“No problem”, me digo, “voy a pasar la ITV para que certifiquen la limitación y ahí se verá si está limitada o no. Ya me imagino diciéndole ‘Los cabrones de la ITV dicen que no está limitada’… y así me lo remira y todos contentos”.
Pues bien, voy a la ITV. Me dicen que me sitúe en el inicio del túnel y que espere.
Me sitúo. Espero.
A los dos minutos se acercan dos tíos que estaban charlando en un rincón. Uno me pregunta: “¿Has perdido la documentación?”
“No, quiero que me certifiquéis la limitación de potencia”
“¡Ah! ¿la has limitado a 125?” me pregunta el otro. Yo no lo entiendo ¿125?
“No se limita la cilindrada, le digo, sino la potencia”.
Me mira como si yo fuese imbécil.
“Claro, lo que digo es que la has limitado a la potencia de una 125”, me aclara.
Yo pienso que 34 CV es más una 250, pero me callo.
“Sí. Es que soy novato”.
Mientras el otro tío se ha hecho con un lápiz y un papel y está buscando el número de bastidor.
“Está aquí” y giro el manillar para que lo vea. El tío se pone a frotar el papel situado encima del número con el lápiz para copiarlo.Cuando termina me indica “Colócala a ese lado”.
Yo me aparto donde me indican esperando que de un momento a otro se acercase con una bandeja de herramientas o que me hiciesen pasar a una de las esotéricas máquinas que allí tienen. Pero se acerca su compañero, el de los 125, y comienza a hacerme más preguntas: que cuánto me había costado, que dónde la había comprado, que si era maniobrable en ciudad y que si pasaba frío en invierno, que qué calzado me ponía, etc.
Yo ya estaba un poco moca de tanto interrogatorio y el tío se dio cuenta y se sintió obligado a justificarse: “Es que yo tengo una Suzuki Marauder. Pero en invierno me ma miedo cogerla”. Tras lo cual se lanzó a una disertación sobre las cualidades sufridoras de los auténticos moteros.
Preocupado porque ya llevaba al ralentí un rato largo y la temperatura le estaba subiendo le pregunté que qué hacía ahora. “¿La paro o la tengo que pasar ahí?” digo señalando al túnel.
“No. Vete a la otra puerta y recoge los papeles”.
“¿No la miráis?”, pregunté alucinando en colores.
“No. El mecanico lo certifica y como nosotros no podemos desmontar, estamos obligados a creerlo”.
Sin saber qué contestar, me dirigí a por los papeles.
Al rato sale un tío y me dice: “Esto está mal”.
“Ya está,” me digo, “por fin se han dado cuenta”.
El tío me muestra el certificado que me había firmado el concesionario y me dice: “Falta el detalle de las operaciones que le ha hecho a la moto. Tu mecánico lo ha dejado en blanco”.
“¿Entonces qué?”, le pregunto.
“No te preocupes”, me dice, “hemos redactado un certificado nuevo nosotros y se lo llevas a que te lo firme”.
El certificado en cuestión especificaba que se habían cambiado las guillotinas de los carburadores y no sé que leches más. Se lo llevo al meca y este pone cara asombrada. “¿Que está mal? ¡Estos de la ITV están Gilipollas!”.
Tras lo cual firma y sella el papelito. Lo llevo a la ITV. Me dan la documentación y ya está. Limitada, certificada, legalizada y chin pun.
U sea, que a día de hoy no sé aún si está limitada de verdad o no. He leído que las limitaciones de este tipo no son muy exactas, y en el mismo modelo de moto pueden dar sensaciones distintas y notarse más o menos…
Durante unos días dudé en ir y llamar mentiroso al meca en sus morros, aunque luego lo pague caro, pero una serie de incidentes en la autovía me han hecho cambiar de opinión. Os lo cuento, si es que a éstas alturas todavía no os habéis dormido:
No me gusta correr por correr. Como buen Custom Power que soy quiero llevar mi marcheta y disfrutar el trayecto, en Autovía personalmente voy a 135-138, es decir por debajo del límite sancionador y a una velocidad que puedo pillar tanto si la moto está limitada como si no. Pero he descubierto que en moto no puedes mantener esa velocidad sin jugarte el tipo.
El otro día, volviendo de un rulo por la zona de Almansa, descubrí un enemigo nuevo: Las turbulencias de los camiones. Tú vas a 130 y te encuentras un camionaco que circula a 100. No viene nadie por detrás, pones tu intermitente y comienzas a adelantarlo sin variar tu velocidad. Según te acercas la moto empieza a sacudirse, a dar cabeceos y demás. Tú ya estás preparado para eso, pero entonces resulta que viene una curva y la mediana es de esas que tienen el quitamiedos con sus cuchillas asesinas y, además, un seto que se mete unos cuantos centímetros en el carril.
De pronto te encuentras en lo que parece un pasillo estrecho, sin visibilidad, en plena inclinación, con las cuchillas a tu izquierda y las ruedas del camión a la derecha y con tu moto, inclinada, insisto, dando sacudidad y cabeceos por la turbulencia del camión.
Acojonaíto, oiga.
Diez minutos después tengo otro camión que adelantar y las mismas condiciones que antes. “Esto no me pasa otra vez”, me digo.
Vas a 130 y te acercas al camionaco. No viene nadie por detrás, Pones tu intermitente y aceleras lo que tu experiencia y la potencia de tu extraña limitación te permita. En un instante la Anita se pone a 160 y pasas el camión en menos de 100 metros. Por supuesto que la moto se sacude igual que en el caso anterior, pero te has quitao el camión de encima antes de llegar a la curva mencionada. Una vez rebasado aflojas puño y vuelves tranquilamente a tus 130 por tu carril de la derecha.
Hay, por último otra situación en la que tiré de acelerador y sentí que eso me estaba salvando: En autovía, en un adelantamiento de un camión descubres que a 20 metros delante de él va otro todavía más largo. Miras por el retrovisor y ves que detrás de tí viene una lata de esas que siempre llevan las luces encendidas, completamente lanzada. No me voy a meter entre los dos camiones. No me agrada nada que el cabrón de la lata me esté limpiando la matrícula con su parachoques delantero. Golpecito al acelerador y en un instante dejo los dos camiones detrás y el carril izquierdo libre…
Ambas situaciones las he vivido, no me las he inventado y creo que la potencia es un arma importante de defensa y seguridad yendo en moto. Conozco los riesgos de ir limitado sólo en papeles, pero me parece más peligroso el encontrarme en encerronas como las que os he descrito y no tener recursos para salirde ellas.
Por tanto he decidido “no meneallo”. Si con toda mi buena fe me han engañado y no me han limitado la moto la responsabilidad última no es mía, es del meca y de la ITV que lo certifica. Si alguna vez, Dios no lo quiera, el seguro pone alguna pega, repercutiré contra ellos a muerte. Pero mientras me siento mucho más seguro llevando potencia en el puño que sin llevarla.