Todos los veranos ocurre los mismo, le entra una fiebre por modificar- arreglar- reformar- retocar la casa que roza en lo patológico. Pareciera que si no dedicamos el verano (¡Las Vacaciones, por Dios!) a pintar, pulir, arreglar, restaurar o algo similar estuviésemos en peligro de ser arrestados por la briagada antiocio.

Este verano tocó reforma. En nuestra casa sólo había un cuarto de baño y eso no es muy decente (” Ya sabes, los niños se estan haciendo mayores y…”). Tras no pocas discusiones y planos realizados con lápiz sobre papeles sueltos en la mesa de la cocina, conseguimos ponernos de acuerdo sobre la reforma a efectuar. La historia de dicha reforma es algo que roza la obra maestra de los hermanos Marx, pero no es de eso de lo que quiero hablar, si no de la compra de los azulejos.

Terrible frase es esa, bien conocida de todo marido. “Esta tarde querido no hagas planes, que tenemos que ir a comprar una cosa…”. En mi mente desaparecen las visiones de una cerveza y un buen libro bajo el bendito ventilador. Mis reflejos bien entrenados, no obstante, impiden que se refleje en mi rostro otra cosa que no sea un suave interés. “¿…Y qué vamos a comprar?”, pregunto con tono casual.

No la engaño, lo veo en la forma de desviar su mirada. Ha entendido perfectamente la pregunta que había detrás de mi pregunta: ¿Cuánto tiempo vamos a sudar por ahí buscando eso y CUÁNTO, en nombre de la panza de Dios, me va a costar? “Ya es hora de elegir los azulejos para el nuevo cuarto de baño, que empiezo a estar harta de la reforma y hay que acabar de una vez.” responde.

Hasta ese momento su participación en la reforma se había limitado a quejarse del polvo cada vez que yo pasaba con la carretilla llena de escombros pasillo arriba y pasillo abajo y a acercarse al teatro de operaciones al final del día diciendo: “Este agujero de la pared lo taparéis ¿verdad?” o “Parece que el enchufe lo habéis dejado torcido.” Pero esto es algo que me abstengo sabiamente de recordarle. Le acepto que está harta de la reforma y no discuto que hay que acabar de una vez. Agacho la cabeza, me despojo de mi fresca ropa de verano y me visto “de calle” para ir a por los azulejos con ella.

La tienda en cuestión se llama “Tienda de Azulejos el Moro”. “La más barata de la ciudad, me lo ha dicho mi hermana.”, aclara, y antes de que le pueda recordar que su hermana hace más de 16 años que no compra un azulejo, añade: “Tienen retales.” Y con esa explicación da por zanjado el tema. Yo me pregunto si vamos a poner azulejos o cortinas, pero prefiero no caer en su sarcasmo.

Son las cinco de la tarde de un día infernalmente caluroso de Agosto. La tienda consta en su mayor parte de un patio lleno de montones de ladrillos, azulejos, plaquetas, tuberías, bloques de cemento, etc. Yo no veo ningún retal, pero prefiero no decir nada. Un perro está atado en una esquina del patio, con tres palmos de lengua fuera y un jadeo agónico. Supongo que daría la mayor parte de su rabo y la comida de un año por un baño fresco. Al fondo sale un empleado de una puerta que no había visto y nos pregunta qué deseamos. No suda, por lo que deduzco que dentro tienen aire acondicionado. Mi ánimo se eleva un pelín ante esa perspectiva.

Informado por ella de que queremos ver azulejos, nos conduce a la puerta por la que salió y un bendito frescor nos acoge en la sala de exposiciones. Casi puedo sentir cómo nos envidia el perro. “Disculpen un momento” dice el hombre, y se pierde en la oficina a terminar lo que sea que tuviese entre manos en ese momento.
Nos quedamos solos en la exposición de azulejos.

En primer plano hay dos muestras de mosaicos para piscinas, uno real y otro de imitación. “Mira qué bonito mi hermana tiene unas revistas donde hay ambientes como éstos y quedan preciosos”.
“Son para piscinas”, digo, “no para cuartos de baño.”
Primer error, me acabo de ganar una mirada de arriba abajo, mitad desprecio, mitad diversión, como si el perro te diese consejos sobre cómo cambiar la rueda al coche. “Tú que sabrás”.

El dependiente vuelve a la sala. “Dígame que desean”.
Ella me mira de reojo y pregunta triunfante, de entendida a entendido. “Aquí mi marido dice que éstos azulejos son para piscinas”. Como si se chivase en el colegio a la señorita.
“Su marido tiene razón señora”, responde el dependiente. “Son para piscinas”.
“¿Ves?”, dice mi mirada. “Espera un momento”, dice la suya… y en voz alta: “Pero también se pueden colocar en el baño, ¿Verdad?” pregunta con su voz más cordial.
“Naturalmente”, responde el dependiente mientras la ironía flota en su voz, como dicendo “Si pega el cemento se puede poner cualquier cosa en la pared….”.
“¿Ves?”, dice ella en voz alta, sin pudor alguno. “Siempre hablas sin saber”.
Me pellizco un muslo a través del bolsillo del pantalón para tener algo en que pensar que no sea una respuesta ácida.

Lo que sigue es el clásico ballet de todas las tiendas el dependiente empeñado en mostrar lo más caro y más moderno que tiene, ella empeñada en disimular que nuestro presupuesto es más reducido que la conciencia de una motosierra, los dos bailando de expositor en expositor y yo, detrás diciendo los oportunos “Sí, querida” y “No, querida”. Pero a diferencia de otras ocasiones no parece encontrar nada que le guste, aunque su mirada viaja de vez en cuando a los azulejos de piscina que vimos al entrar.

Al día siguiente pude contar no menos de 6 pares de cardenales en mi muslo derecho, fruto de los esfuerzos por contenerme durante toda esa pavana.

Por fin ella se para en el centro de la sala, mira a su alrededor la montaña de azulejos desechados, manoseados, criticados, descartados, despreciados y apartados y parece quedarse sin nada que decir.
“Nos vamos” me digo a mí mismo, pero he sido demasiado optimista. Sus ojos se encienden con luz de esperanza nueva y pregunta al dependiente. “¿Y catálogos? ¿Tienes catálogos?”. El pobre hombre se enjuaga el sudor (observo que ahora sí está sudando, a pesar del aire acondicionado), y dice titubeante:
“Sí… claro. Pero…”. “¿Son estos?” dice ella,sin dejarle terminar, abriendo ya el primero de un montón de catálogos que hay en un rincón. “Sí” exclama con alegría.

Durante los siguientes minutos ojea los catálogos con una energía de un perro hambriento que recuerda de pronto dónde enterró el último hueso. En la sála sólo se oye el brusco pasar de las páginas una tras otra. El dependiente renuncia a acompañarla en su buceo literario y se retira dos pasos hasta ponerse a mi lado. Me lanza una mirada de reojo, dudando si yo era amigo o enemigo, y decide sumarse a mi posición de observador neutral.

Cuando acaba con los catálogos de azulejos, continúa con los de suelos, artículos de baño, revestimientos para exteriores, chimeneas, ladrillos, réjolas y pretensados. Finalmente, el montón se acaba. Ella levanta la cabeza de entre las desordenadas páginas con un aire entre desesperado y hambriento. “Esconde los libros de cuentas, rápido”, le digo al dependiente sin poder contenerme por más tiempo. “Es capaz de hacerte una auditoría si le dejas”. El pobre hombre no sabe si hacerme caso o enfrentarse a mi jadeante y frustrada esposa.

“¡Te he oído!”, exclama ella, “Desde luego no sé para qué te traigo conmigo. ¡Nunca haces el menor esfuerzo por ayudarme!…” y así continúa como cinco minutos de Filípica entre mis “Pero querida..” y “Deja que te diga una cosa…” y las miradas de compasión que me lanza el dependiente.

No voy a extenderme más. Lo único que necesitáis saber es que al final nos llevamos los azulejos de piscina que vimos nada más llegar. Conseguí pasar el trago con sólo unos pocos cardenales y el dependiente se pudo retirar a su fresca cueva felicitándose por su soltería, supongo. Hoy día tenemos un cuarto de baño con azulejos de piscina. y lo peor es que me gusta y todo.