índiceEsta mañana he tenido un subidón de ácido viejúrico. Por un largo camino de enlaces que no os voy a contar he acabado oyendo las cosas que oía en mi adolescencia. ¡Qué palos te da a veces el puto Youtube!

Afuera hace calor, no se mueve una hoja en el jardín y mientras todo el mundo reflexiona para mañana decidir sobre el futuro de este pobre país yo, en lugar de hacer eso, me he dejado arrastrar a revivir un pasado donde también se decidía ese futuro que hoy es presente. He vuelto a corretear muerto de miedo delante de los grises, entre gritos y humo y he vuelto a beber cerveza caliente cantando en medio de la noche por las callejas entorno a la Universidad estas canciones medio olvidadas que hoy oigo.

Me he sorprendido volviendo a emocionarme hasta las lágrimas por estos versos demasiado complicados, supongo, para las prisas que llevan hoy los jóvenes –cuántas noches hablando entorno a una mesa sobre el sentido de tal o cual estrofa-; me he vuelto a sentir exaltado por esa voz monótona pero portadora de la carga emocional de dos generaciones enteras de españoles y olvidada ya, como debe ser, por los que no vivieron ese mundo y, como siempre que me sube el dichoso ácido, me he sentido exaltado y ansioso de compartir mi sentimiento.

Pero a mi lado no está más que el gato durmiendo y como sé que algunos de vosotros compartiste mi momento histórico y tal vez, sólo tal vez, esas viejas, polvorientas y todavía explosivas canciones, no he podido evitar subir ésta. Al menos ésta.

Si leéis esto con el ánimo adecuado, si tenéis el tiempo de escucharlo con la atención que merece, si volvéis a sentir el aroma de tanto esfuerzo energía e ilusión que flotaba entonces en el aire, recibid un abrazo de un compañero de viaje.